Carpe Diem 

Luis Figueroa 

Los pobres no son pobres porque quieren, ni porque invierten en cosas de mala calidad, ni porque compran cachivaches como decía Susanita, la de Mafalda.  Tampoco son pobres porque tienen pocos años de escolaridad, porque viven hacinados, o por el tipo de combustible que usan para cocinar.  En aquello pensé cuando leí el Índice de Pobreza Multidimensional.

La pobreza, eso sí, es la condición natural del ser humano; pero entiéndase natural, no como buena, o apropiada (aquí no estamos hablando de natural como el agua de manantial).  Es natural en el sentido de que todos nacemos desnuditos. La riqueza (que es lo opuesto a la pobreza y es la abundancia de recursos económicos) hay que crearla.  ¿Hasta qué punto? Hasta el punto de que la tierra no es riqueza hasta que alguien descubre cómo sembrar en ella algo que otros valoren y descubre cómo transportarlo y comercializarlo de modo que lo cultivado y cosechado genere más y más valor. El oro en una montaña no es riqueza hasta que alguien lo saca y lo vende; y todavía es más riqueza si alguien lo convierte en un anillo, o en un chip. La riqueza, pues, es lo que no es natural; es artificial, se hace, se crea, se produce.

¿Para qué es útil la riqueza? Para satisfacer las necesidades.  Los servicios de salud son necesidades, de la misma forma que lo son la alimentación y el cuidado prenatal, la educación, la vivienda apropiada, la energía, el agua potable y otras condiciones para la buena vida. Las necesidades se satisfacen con recursos económicos que, aunque son escasos en el tiempo y en el espacio, son multiplicables con los debidos talentos y esfuerzos, en las condiciones apropiadas.

Sin trabajo, ahorro, capitalización y productividad es imposible multiplicar los recursos económicos necesarios para satisfacer las necesidades. 

Por donde lo veas, no puede haber, por ejemplo, cuidado prenatal, agua potable exactamente donde se la necesita, ni energía eléctrica si no hay con qué pagarlos, y si no hay recursos económicos para ofrecerlos y generarlos, o producirlos. Nada de eso es natural.

Y, ¿qué hay de las condiciones necesarias para que los talentos y esfuerzos multipliquen los recursos económicos escasos, tan necesarios para satisfacer necesidades? Entre otras, esas condiciones son: respeto a los derechos individuales de todas las personas por igual; división del trabajo; mercado, seguridad y justicia; y autoridad neutral.  Nada de eso es natural y en ese contexto a nadie debería extrañarle la afirmación de que la riqueza, la prosperidad y el bienestar son productos de la civilización.

Los pobres, pues, no son pobres porque no tienen estudios, porque viven amontonados, o porque no comen bien.  Son pobres porque no tienen los recursos económicos necesarios para pagar estudios, mejorar sus lugares de habitación y comer mejor.  De ahí que la mejor política social es un buen empleo, o, mejor aún: una buena oportunidad para emprender; pero, ¿de dónde salen los buenos empleos? No de los congresos y de sus decretos, ciertamente, sino de las inversiones productivas que se hacen con la capitalización del ahorro en un ambiente civilizado. De hecho, ¿de qué sirve tener escolaridad elevada, si no hay donde darle buen uso? Lo demás son papas y pan pintados.

Los pobres son pobres porque se castiga el ahorro, hay obstáculos para la capitalización, la productividad está bajo asedio y no se valora la civilización.