Alejandra Durán
Alejandra Durán
Sobre el autor:

Por: Alejandra Durán 

Si tienes entre tus amigos a algún traductor, intérprete, corrector, revisor, filólogo, lingüista o cualquier profesional que lleve una relación muy estrecha con el español, ¡estás de suerte! Sí, no es broma. Pero si no, no te preocupes; muy pronto te encontrarás con uno… cada vez somos más, ¡ja, ja!

Pues bien, verás que somos muy curiosos y que, a veces, nuestro impulso por identificar y señalar las erratas que vemos es totalmente incontenible. Otras veces sí logramos pasar de página, literalmente, y no decimos nada, pero sonreímos de forma cómplice para nuestros adentros porque solo nosotros sabremos el secreto de la errata.

Te cuento esto, querido lector, porque, de un tiempo para acá, es cada vez más frecuente que mis amigos más cercanos y algunos familiares me escriban para preguntarme si tal o cual mensaje —de texto o por correo— que recibieron, que vieron en alguna red social o que ellos están por enviar está bien escrito. Algunos me han confesado que las dos primeras fuentes de esos mensajes a veces los hacen dudar y que, cuando ellos van a enviar un mensaje, prefieren verificar conmigo porque no quieren «pasar la vergüenza» de enviar un mensaje mal escrito… como los que ellos «están acostumbrados a recibir».

Es halagador que me consideren fuente confiable de información en cuanto a ortografía y redacción, e intento darles la mejor orientación posible, pero lo que subyace tras esa vacilación, para mí, es preocupante, pues quiere decir que hoy más que antes nos estamos viendo expuestos a muchos más mensajes cuya calidad es mala. ¿Está el emisor sacrificando la calidad de los mensajes, y con ella su credibilidad, por la inmediatez?

Todos leemos algo todos los días. Leemos el menú del restaurante al que vamos el viernes en la noche, los carteles que firma «Att. La Administración» en los edificios donde trabajamos o donde vivimos, los memes, los mensajes de texto no solicitados que nos envían las empresas para informarnos de alguna promoción, los correos que recibimos, la publicidad en los mupis o en las tiendas del barrio, los volantes que nos reparten en las calles y tantos otros medios impresos a los que nos vemos expuestos a diario. Y, ¿en cuántas de esas fuentes de información creen que hay erratas? Cuando vemos alguna, ¿nos quejamos con la empresa, nos tomamos en serio a la empresa, dudamos de la veracidad de la información? ¿Cuántas erratas debemos ver en un texto para dudar del emisor?

Es aquí donde para mí se unen la ortografía y la credibilidad. Hace unas semanas hablaba con mi querido amigo Álex Castillo, consultor en Imagen Pública, sobre este tema y le contaba la vinculación que tienen para mí la mala ortografía con la mala imagen profesional y corporativa que proyectan las empresas cuando pareciera que no tienen ni el mínimo interés por revisar o corregir sus productos impresos.

Para mí, y para los que trabajamos con el idioma a nivel profesional, es algo muy personal porque sabemos que las erratas en los menús, en la publicidad o en los mensajes de texto tienden a confundir al lector y a difundir la idea de que está bien imprimir miles de copias de un texto con error, porque «igual nos entendemos».

En esa ocasión, Álex me habló sobre su artículo La era de la crisis en la legitimidad del emisor y no puedo estar más de acuerdo. Él lo enmarca particularmente en el ámbito de las redes sociales, y yo lo llevo más allá: ¿cómo puedo confiar en una aseguradora cuya asesora de ventas me envía un mensaje muy corto con casi 15 errores? ¿Cómo puedo confiar en un restaurante en cuyo menú se ve que no les interesan los detalles? ¿Cómo puedo confiar en una editorial cuyos libros tienen demasiadas erratas? ¿Cómo puedo confiar en una persona cuyo CV está plagado de errores?

Recordemos que siempre estamos leyendo, aunque no lo estemos del todo conscientes, y por eso debemos reconocer la importancia que tiene cuidar nuestra ortografía para cuidar la de los otros, cuidar la imagen y la seriedad que proyectamos y, finalmente, cuidar nuestra credibilidad y reputación, como en un efecto dominó.

En fin, no digo que no podamos equivocarnos; errar es de humanos y ninguno nos salvamos de las erratas. Solo digo que no podemos seguir pensando que solo la prensa y los libros deberían estar bien escritos. En la era de la sobreexposición y la inmediatez de la información y, considerando que ya no somos solo consumidores de información, sino también productores, TODO debería escribirse correctamente, porque la ortografía —buena y mala— se contagia.