José Carlos Ortega
José Carlos Ortega
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El enfoque del combate a la pandemia debe tener dos ejes, la prevención a contraer la enfermedad y minimizar los fallecimientos.

Por José Carlos Ortega Santa Cruz

Hoy, domingo 9 de agosto, recibimos nuevamente una actualización del Tablero de Alertas del COVID-19, o lo que hemos entendido como el semáforo de actividades para conocer si las actividades están permitidas o no. En él encontramos 169 municipios en color rojo, 100 en color naranja, 71 en color amarillo y 0 (sí, cero) en color verde. Eso es el 49.7% de los municipios en rojo y 29.4% en anaranjado. Entre municipios en rojo y anaranjado tenemos 79.1%.

¡Los datos son escandalosos! ¿Por qué estamos así, si la mayoría de las personas que conocemos no están enfermos o no se han enfermado del coronavirus SARS-CoV2 o COVID-19, como le conocemos? La categorización del gobierno ha sido sobre la base de tres parámetros que son: 1. La Incidencia de casos confirmados de COVID-19 por 100,000 habitantes, 2. Porcentaje de pruebas SARS-CoV-2 positivas, y 3. Número de pruebas por 1000 habitantes por día.

La fórmula quiere, aunque no lo logra, medir qué tan grave está la situación en un municipio en el periodo de medición. La primera parte de la fórmula, correcta, mide qué tantos casos ha habido en ese período de tiempo por cada cien mil habitantes. Esta parte de la fórmula depende que los casos se hayan reportado o que se hayan hecho las pruebas suficientes para determinar si hay casos positivos pues de otra manera habría un subregistro. La segunda parte de la fórmula pretende compensar ese defecto de la primera parte de la fórmula pues mide el porcentaje de los positivos sobre la cantidad de pruebas realizadas. Esta parte de la fórmula tiene un sesgo y es que las pruebas están siendo realizadas de forma muy escasa, por lo consiguiente el número siempre será alto. Además, se focalizan con personas que tienen síntomas o que estuvieron en contacto con personas contagiadas. Sólo si el número de pruebas se incrementa (y de forma accesible o gratuita) este número descenderá. Si las personas tienen un costo, ya sea monetario o no monetario, no se realizarán las pruebas y este número no descenderá.

Luego la tercera parte de la fórmula, que pese a tener el valor menor proporcional, es la del mayor problema. Este se calcula sobre la cantidad de pruebas realizadas por día, por cada 1000 habitantes. Aporta más a la fórmula si se realizaron menos pruebas en ese municipio. Es decir, si en un municipio no se realizan pruebas, el número es más alto, y si se realizan más pruebas, aunque estas sean positivas, el número será más bajo. ¡Esto es completamente errado y nos mantendrá con niveles altos pues a medida que la pandemia baje se necesitarán menos pruebas y este número seguirá siendo alto! Además, es completamente injusto con los municipios donde no hay enfermedad o donde no se están realizando pruebas porque no se necesitan el valor será alto.

La fórmula tiene otros problemas. No toma en cuenta otros factores que podría, como la cantidad de personas recuperadas por 100,000 habitantes porque las personas no se pueden enfermar dos veces, el subregistro de personas que no han ingresado al sistema, etc. También olvida un aspecto fundamental y es que esta enfermedad es profundamente urbana o del acercamiento entre personas, que se da mayoritariamente en las ciudades, por lo que la fórmula, tal y como se establece, castiga más a las zonas rurales, sobre todo en su tercer factor, y mide mal a los municipios con una mezcla urbana y rural.

Sabiendo que los datos no son del todo confiables, tanto de las personas que no han acudido a los sistemas de salud, como a las que no se les practicó nunca el examen para detectar el COVID-19, es decir el subregistro, pero entendiendo que al final, los datos pueden servir como base para la medición, será de analizar si el semáforo sirve para lo que debe servir un semáforo, dar la vía, advertir una precaución o parar la vía. Si un semáforo permanece sin dar vía permanentemente, no sirve, y tampoco si siempre la da, pues ya no sería necesario.

También, independientemente si existe razón suficiente para la declaración del Estado de Calamidad, pues la pandemia no ha llegado a los niveles de catástrofe inicialmente pronosticados, pero sí el daño que se le ha hecho a la economía y que afecta ya a miles, sino a millones, de personas, se entiende, únicamente bajo la perspectiva de la insuficiencia de un sistema de salud – público y privado – incapaz de atender a todos al mismo tiempo.

Entonces, analizando que casi el 80% del país está en valores de rojo y naranja, podemos ver que los valores no van a descender rápidamente por la formulación de la medición. Entonces, ¿qué hacemos?

Las dos aproximaciones que no se han hecho con la pandemia en nuestro país, y como siempre, se pretende muy convenientemente atacar las consecuencias y no las causas, son la prevención y minimizar los fallecimientos.

La prevención va directamente relacionada a dos aspectos básicos, a no contraer la enfermedad, con lo que se ha recomendado, pero no educado adecuadamente, sobre aspectos fundamentales como la ventilación (ya que la CDC ha dicho que el contagio es primordialmente por vía aérea), distanciamiento social (colas y otros), la utilización correcta (e incorrecta) de las mascarillas, lavado de manos y aplicación de gel, el saludo – correctos e incorrectos –, utilización de medios de transporte y otros. Y la otra es, si se contrae la enfermedad, tener un sistema inmune fuerte o contar con un tratamiento adecuado, dado que aún no existe la vacuna. Para ello, estar vitaminado, con buena alimentación, realizar ejercicio aeróbico, tomar luz solar, así como el tratamiento adecuado, no sujeto a las normas burocráticas, lentas y atrasadas de la OMS.

De esa manera, disminuiríamos los contagios y los fallecimientos, previniendo con responsabilidad individual los contagios y evitando las muertes con sistemas inmunes mejor preparados y tratamientos que ya han sido probados por diferentes médicos (y otros países).

Twitter: @josekrlos