Redacción
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Con la presidencia de EE. UU. y la dirección ideológica de la potencia americana en juego, el mundo entero, pero principalmente países como Guatemala, esperan con ansiedad el resultado de las elecciones del tres de noviembre. Con la publicación del caso sobre actos de corrupción de la familia del candidato demócrata Joe Biden, la política exterior de EE. UU. basada en el fortalecimiento institucional y la lucha contra la corrupción, se ve gravemente amenazada y de ganar Biden, quizás permanentemente destruida e inutilizada.

Para Guatemala, la mayor diferencia en la política exterior de EE. UU., entre la actual presidencia Trump y la presidencia Obama (2008-2016) fue la tercerización de la justicia, a través de la CICIG y su lucha contra la corrupción. El apoyo demócrata a CICIG, se hizo público y directo durante la presidencia de Obama, a tal punto que el entonces vicepresidente, hoy candidato demócrata Joe Biden, viajo en distintas ocasiones a Guatemala para garantizar (según expertos en diplomacia y relaciones internacionales, por medio de presiones que irían en contra del derecho internacional) que el expresidente Otto Pérez y el expresidente Jimmy Morales mantuvieran el apoyo irrestricto a la CICIG. Guatemala, como un país que depende no solo del intercambio comercial con EE. UU., pero también del consentimiento y beneplácito “gringo” para acceder a prestamos internacionales, se ve obligada a “bajar la cabeza” como se dice en buen chapín. Sin embargo, el posible involucramiento del mismo Joe Biden en actos de corrupción y según algunos documentos, en los que también estarían involucrados indirectamente su compañera de formula Kamala Harris y otros prominentes demócratas, desvanece cualquier solvencia moral que tanto Biden, como el partido demócrata pudieran pretender tener, para poder ser regentes y defensores de la lucha internacional contra la corrupción, en Guatemala o en cualquier otro país.

La actual situación por la que atraviesa Guatemala, en el que hay infinidad de dudas y mucha desconfianza en el uso de los fondos del Estado, la falta de transparencia de las autoridades y la posible ciega anuencia del ente contralor de cuentas, hace ver que Guatemala aún dista de poder enderezar su lucha contra la corrupción. Sin embargo, ante lo que avizora ser un caso devastador para los Biden y los demócratas, sin duda alguna Guatemala no necesita que sean los demócratas (o ningún otro) los que pretendan venir a decirnos que la justicia se imparta como a ellos les gusta y a quienes ellos dicen, mientras se protege a los que a ellos les sirven; principalmente porque ante los casos que pesan contra Biden y su familia y con la posibilidad de que el Departamento de Justicia y el mismo FBI hayan decidido no investigarlos, demuestran que en EEUU también “se cuecen habas” y que la impartición de justicia y la investigación criminal están tan politizadas como en Guatemala.

Es triste, que nuestro país dependa tanto de la coyuntura de otras naciones para tener algo de estabilidad y acceso a recursos. Es más triste, que nos hemos dejado dar “atol con el dedo” por un grupo de políticos, posiblemente igual de corruptos que los locales, pero como son canches, les hemos bajado la cabeza.  Y es sumamente preocupante, que de ganar Biden, los dirigentes y dignatarios de los países en la región, puedan llegar a tomar la posición de rechazar cualquier agenda anticorrupción proveniente de EEUU y le señalen, con amplio derecho y razón, que “Mister President” tiene un techo de vidrio sumamente sucio, y una gran viga en el ojo, que le impide ver que son pajitas las que hay en los ojos ajenos.

PS: Se rumora que, en aquel entonces, desde la Embajada de EE. UU., se apoyó y alentó para que el expresidente Jimmy Morales fuera investigado por lo que parecía un caso de “alta corrupción” en el que estaba involucrado su hijo. Un caso de aproximadamente nueve mil dólares. ¿Qué dirán esos diplomáticos, sobre los posibles tres millones y medio de dólares del caso de Hunter Biden? ¿Estarán indignados?