Hoy, en el Día Mundial de la Mujer, quiero reconocer a cada mujer que forma parte de mi vida, principalmente a mi madre. Cada una de ellas ha influido de gran manera en mí; mi mamá – como ejemplo de madre y mujer; mi familia y amigas quienes han logrado brillar en cada actividad que realizan y han destacado en su círculo.  Todas ellas han luchado por sus sueños y en contra de las adversidades de la vida, nunca bajando la cabeza ante nada ni nadie. Ellas merecen ser celebradas hoy y todos los días, pues han logrado marcar la diferencia y han contribuido a la sociedad de una u otra manera. Las valoro y admiro de gran manera.

Admiro también a todas aquellas quienes le dieron “voto” a la voz de las mujeres. Me siento identificada con los valores de dignidad y justicia que su lucha significó para nosotras, por medio de un movimiento, que sin caer en la neurosis, llegó a tener resultados significativos.

Sin embargo, hoy en día nos vemos “atacados” por otro tipo de feminismo, que se desliga de aquel que leemos en los libros de historia. Este trae consigo un diferente matiz. Su narrativa cae en cierto tipo de resentimiento y a la vez victimiza a la mujer, logrando que, de alguna u otra manera, se degrade a la mujer y solo le da más peso a la postura que afirma que somos el género débil. Así mismo, si le sumamos las acciones que trae el movimiento de género (avalado por los progresistas), que le dan otra definición a la naturaleza de la mujer, solo vemos que se ha perdido el verdadero sentido de la defensa de los derechos de la mujer.

Soy femenina y no feminista; amo ser mujer y ser capaz de traer vida a esta vida. Me gusta tener una imagen aseada y arreglada. Apoyo la institución del matrimonio, me gusta ser heterosexual y estoy en contra del aborto. Con esto no le quito mérito o estoy en contra de las mujeres que lucharon por nuestros derechos en determinado momento histórico. Al contrario, estoy convencida que su “lucha” ahora continúa desde los hogares. Pues es ahí donde se construyen los sueños de las niñas, y se les da valor afirmando sus opiniones e ideas. Es con el ejemplo, tanto de papá y de mamá, que las niñas aprenden a reconocer que no somos el género débil. Que no estamos por debajo del hombre y no pretendemos ser superiores a ellos. Es en el hogar, donde se inicia respetando la dignidad del hombre y de la mujer, reconociendo que cada uno de ellos tiene, por naturaleza, cualidades diferentes que no nos hacen más ni menos que el otro. Es ahí, donde se respeta si las niñas quieren estar al cuidado de su hogar o salir al mundo y demostrar que podemos tener éxito en todo aquello que nos propongamos hacer, pues ambas cosas están bien.

El enemigo no es el hombre, no es el sistema y no tenemos por qué “tener miedo”. Sigamos trabajando en nuestras familias, respetando la dignidad de cada uno, fomentado valores de respeto, justicia y equidad para poder construir una sociedad pacífica y equilibrada.

Por: Licenciada Paloma Duarte