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Centenares de jóvenes protestan contra ley rusa en Georgia

Como herida abierta sobresalían las estrellas amarillas pintadas de la Unión Europea y los carteles que decían “Somos Europa”.

Esparcidos en los muros del centro de Tbilisi, la capital de Georgia, acompañaban a centenares de jóvenes, muchos de ellos estudiantes, que desfilaban en las calles para protestar contra el gobierno de su país, ahora bajo la mira por una polémica propuesta legislativa.

La medida —según Human Right Watch, similar a una precedente aprobada en Rusia—, pretende que todas las organizaciones, que reciben más del 20% de su financiación desde fuera, se declaren “agentes de los intereses de una potencia extranjera”. Si el Gobierno —que ha promovido la iniciativa y controla el Parlamento— no da marcha atrás, afectaría a cualquier asociación de la sociedad civil, desde perreras hasta grupos feministas, pasando por organización no gubernamentales de derechos humanos.

“En un país con una oposición muy dividida, los jóvenes dijimos ‘¡Basta!. “Siento tristeza y rabia por esta situación, pero también algo de esperanza por todos nosotros que nos hemos unido. Tal vez podamos cambiar algo”, explicaba Sopho Chinchaladze, una estudiante de psicología, de 26 años.

Unos metros más allá, Zviad Tsetskhladze, uno de los líderes del movimiento estudiantil Dafioni (Atardecer), empuñaba un megáfono delante de la Universidad Estatal de Tbilisi, ahora clausurada, pues los jóvenes también han convocado una huelga indefinida hasta que su gobierno no dé marcha atrás, y ahora algunas clases se hacen en los cafés.

La crisis, de múltiples dimensiones (políticas, económicas, culturales) se incubaba desde hace años, pero afloró a partir de abril pasado, cuando el partido gubernamental Sueño Georgiano volvió a proponer su proyecto de ley, después que, en un precedente intento, en 2023, la retirara ante el rechazo ciudadano.

En estas circunstancias, en tiempos récord, el Parlamento del país, controlado por el partido gubernamental Sueño Georgiano, logró que la iniciativa se aprobara en su primera, segunda y, tercera y última lectura (esta misma semana).

La pelota ha quedado en el tejano de la presidenta del país, Salomé Zourabichvili. No obstante, y asumiendo que Zourabichvili se negara —como ha anunciado— a firmar el texto, eso podría servir de poco, ya que el propio Parlamento tiene la facultad de retirar ese veto y así allanar el camino para su entrada en vigor. Esto podría ocurrir incluso antes de las elecciones de octubre próximo —en las que los georgianos están llamados a renovar su Parlamento— lo que, junto a las denuncias de agresiones y violencias contra manifestantes y opositores, ha acabado con hacer estallar la rabia estudiantil.

Por ello desde hace ya semanas se manifiestan en las calles de Tbilisi, lo que también ha empujado a otros a seguir su ejemplo, como el más estructurado Movimiento Vergüenza. Esta es también la opinión de Ana Tavadza, de 26 años, y una de las líderes de este grupo creado años atrás con el objetivo de acercarlo a la órbita europea y euroatlántica.

Después de un tiempo de estar alejado de los reflectores, ahora el Movimiento Vergüenza ha regresado a las calles para manifestar su desacuerdo. “La prueba que los jóvenes están teniendo éxito está en las decenas de centenares de personas que están viniendo a las protestas. Y si uno les pregunta por qué lo hacen, responderán que es porque quieren el nivel de democracia que ven en Europa, no en Rusia”, cuenta Tavadza, sentada en un café de la capital georgiana.

Analistas del país coinciden en que no siempre fue así. “El cambio llegó en 2021, cuando Sueño Georgiano empezó a aplicar medidas cada vez más restrictivas para tomar el control del país”, dice el investigador y profesor Hans Gutbrod, de la Universidad Ilia de Georgia. “A partir de ese momento empezaron a querer tomar el control de todo, el sistema judicial, la cultura, el funcionariado… el último espacio de libertad que quedaba eran las organizaciones no gubernamentales”, añade. “Esta es la gota que lo hizo estallar todo”, razona.

Hasta ahora, los jóvenes georgianos, desconfiados también de sus propios políticos de la oposición, han recibido un tibio apoyo desde fuera. La Unión Europea, la OTAN, e incluso la ONU han criticado a Georgia por su decisión de aprobar una ley que no cuenta con el sostén de Occidente. No obstante, los estudiantes prometen mantener las protestas hasta que el gobierno no revierta el rumbo. No quieren esperar a las elecciones de octubre, cuando el país votará, en cualquier caso, desde una profunda división.

Via: france 24

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